viernes, 25 de marzo de 2011

Primeras andanzas.

No bien terminé de abrir los ojos, abandoné presto el que había sido mi lugar de reposo mortal durante tantos años y aún centurias. Dejé a un lado la collación de Santa Catalina, reconociendo establecimientos de mi época como cierto Rinconcillo o incluso la Posada del Lucero (muy truncada en su aspecto) y víme rodeado de extrañas maquinarias que solas movíanse y aturdido en extremo por el enorme griterío y ruido que envolvía todo, halléme sumido entre amasijo de extrañas maderas con elevadas formas y fornidas estructuras, que se entrelazaban con perfecta simetría y que, empero, provocaron en mí tal desasosiego, que pensé hallábame sobre tierras extrañas allende los mares o que el Creador había determinado, en sus inescrutables designios, remitirme al Averno sin siquiera pasar por el Purgatorio, pues no reconocí en nada el lugar, de no ser por la cercanía de la Torre de San Pedro o por la Iglesia de la Casa Profesa de la Compañía.

Sosegados mis pensamientos, inquirí a los viandantes que me rodeaban y aunque asaz sorprendidos por mi vestimenta y aspecto, me narraron sucintamente las peripecias y andanzas de tan desmedido monumento que en principio juzgué extraordinario y que tras lo contado por mis conciudadanos determiné excesivo y ostentoso habida cuenta las carestías y carencias que Hispalis padece en aquestas calendas. Del eximio Convento de la Encarnación, no quedaba sino el nombre que recibía la plaza, y sobre su solar, habían pasado mercados, aparcamientos y hasta ferias (al decir de algunos), hasta que el Consistorio acordó trastocar aquel espacio y trocarlo en lo que agora pueden vislumbrar vuesas mercedes: raros puntales para una obra, que parece cosa de duendes el que no se precipite toda vez que carece de apoyos.

Llámanles algunos “Setas”, por su parecido con aquellas, otros las llaman “Adefesio”, aquellos ni las llaman por no contemplarlas, y no faltan quienes, las consideran obra magna y genial, si bien podrían haber asentado sus reales en zonas más yermas del cahiz hispalense como el Prado de Santa Justa o la Vega de Triana.

Mas como esta ciudad es voluble y caprichosa cual dama casquivana, no será de extrañar que transcurran los meses, y los años, y que, como tantos otros simulacros, éste se asiente como de los principales y hasta vengan de tierras lejanas para contemplarlo. Bien decía aquel: "Cosas veredes, amigo Sancho".

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