viernes, 3 de junio de 2011

Miré los muros de la patria mía...


Peinábamos ya canas en mi época y algunas arrugas surcaban nuestro rostro cuando era asaz frecuente que pillos, estudiantes o ganapanes tomaran la censurable costumbre de pintar muros y fachadas con vítores o frases, embadurnando con feo estilo la privada propiedad y hasta ultrajando consagrados lugares al confundirlos de mala manera con lienzos en los que plasmar deleznable caligrafía y peor gramática. Otrosí acaecía con inscripciones en puertas ejecutadas aquellas con dagas, estiletes o cualquier otro punzante objeto. 

Alguaciles y corchetes, siguiendo edictos de los regidores del municipio, persiguieron a quienes osaban desobedecer los dichos decretos, mas, como agora, o bien hubo poca diligencia en el acoso o bien los perpetrantes gozaban tamaña impunidad que a poco que se hubiera extendido la costumbre, en menos de un “Dios te salve”, hubiera quedado Hispalis como pizarra de párvulos.




Prestos a caminar por la ciudad como cada mañana, dímonos cuenta de cuán poco han cambiado las tornas a este tenor, aunque si antaño eran bastos brochazos apenas esbozados, hogaño los graffitis (me dicen que se llaman así por feo anglicismo) parecen haberse adueñado de todo...






No será quizá ocasión propicia para hacer prolija relación de los tipos y calidades que se nos presentan en este sentido, y por ello sea mejor plasmarlos aquí con su propio contenido para que cada lector aprehenda lo que mejor estime, que dicen que mil palabras valen menos que una imagen.














Incluiremos, pues, como aquí se aprecia, breve muestrario de nuestra ya, por desgracia, rica colección de esta clase de elementos y dejaremos, empero, para mejor y digna oportunidad, hacer inventario de pasquines y cartelones, que esa es harina de otro costal.

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