domingo, 20 de noviembre de 2011

Aguas.-


Desde aquel célebre Diluvio que el Creador instigó sobre la Creación, la lluvia ha sido tenida, a partes iguales, como bendición del cielo para unos o como maldición para otros, según sus efectos sobre cosechas, campos o plantaciones, que si aciaga es sequía, no menos nefasta es inundación; no debe causar extrañeza, por ende, que antaño la ciudad celebrase rogativas tanto para impetrar aguas como para detenerlas haciendo bueno el dicho de que nunca llueve a placer de todos.



Merced a lo terrizo de sus calles, la Hispalis de mis tiempos era lugar propenso a embarrarse no poco a las primeras gotas, mezclándose barro con inmundicias y haciendo del caminar algo penoso y hasta poco higiénico, por no hablar de cómo los carruajes quedaban atascacos en inmensos lodazales.


Con la crecida de sus aguas, el río empantanaba todo en derredor, creando lagunas y fangales, que a la larga serían focos de fetidez y pestilencia y origen de insalubridades que afectarían a población acostumbrada, todo hay que decirlo, a convivir con aqueste tipo de incomodidades. Riadas hubo que alcanzaron inimaginables zonas, dejando a su paso deterioros notables.


Imbornales diligentemente colocados evacuan las aguas hacia ocultos sumideros, e incluso nos dicen, subsisten agora cloacas que bien podrían tener su origen en romana época, lo que  maravíllanos en extremo y pone de manifiesto el genio y talento que los antiguos tenían a la hora de construir.



Ello no obsta que por desniveles del pavimento fórmense abundante charcos que más parecen albercas o lagos, y que, por tránsito de modernos carruajes, viandante despistado llévese soberano remojón que desde luego ahorrará no poco el baño anual.




Salíamos a nuestro matutino paseo esta mañana cuando nos encontramos con pertinaz calabobo, por lo que aprestamos manteo y chapeo para evitar en lo posible empaparnos, comprobando cómo existen curiosos artilugios que a manera de sombrillas, desplegados sobre las testas protegen del diluvio y paran agua, siendo cosa de asombro su baratura, que entramos en lonja regentada por gente ojos rasgados y su precio no fue más allá de unos escasos reales.



A fuer de ser sinceros, agrádanos la lluvia, mas en su justa medida, que olor a mojada tierra y  brillo de húmeda piedra parécenos cosa agradable, y pese a que nuestro humilde calzado se resienta e incluso corramos riesgo cierto de contraer constipado por ello, no por aquesto privarémonos del gusto de caminar por una ciudad que, hasta llovida, cautívanos sobremanera.


1 comentario:

Manuel Paguillo dijo...

Ya llegó el agua de los ingleses