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19 junio, 2015

En antena.

Ciertamente, subir a las alturas de cierta azotea próxima a la Catedral nos deparó la sorpresa de hallar una extraordinaria vista de la misma y de su famosa Giralda, llamada Giganta por Don Quijote y excelsa construcción que supone amalgama de estilos artísticos diversos nunca lo suficientemente ponderados. 


Conmovidos por la excelente perspectiva, que permitíanos otear el horizonte hispalense en sus cuatro puntos cardinales tuvimos que esforzarnos para distinguir algunos de los más hermosos edificios, pues aparecían rodeados de extraños y numerosísimos aparejos y de hierro con formas confusas a semenjanza de parrillas como la que sirvió para martirio de San Lorenzo. Lástima que tales mamotretos obstaculicen apreciar nuestra ciudad desde arriba.



Además, nos sentimos ciertamente bajo vigilancia en algún momento, temiendo ser requeridos quizá por algún miembro de la Santa Hermandad o de los alguaciles del Cabildo de la Ciudad, aunque no hubo nada a la postre salvo el disfrute de tan soberanas visiones en un atardecer ciertamente memorable.

01 marzo, 2014

Al Norte.-





Si en anterior ocasión tuvimos privilegio de disfrutar de senderos y caminos allá por tierras de Aracena, no ha mucho cambiamos de lugar y en inmejorable compañía (pues contamos con incluso escolta canina) acudimos con presteza a Cazalla de la Sierra, a orillas del Huéznar, patria chica de nuestro tocayo Alonso de Cabrera, uno de los felices supervivientes de la expedición de Orellana al Amazonas. 


 Caminar entre encinas, quejigos, alcornoques y disfrutar de magníficos y agrestes paisajes fue todo uno nada más iniciar recorrido por estrechos vericuetos y alejados de mundanal ruido, acompañando a ello la jornada, que si bien principió con nieblas, concluyó con sol espléndido que hasta nos dio colores en rostro. 


Quede para otra ocasión alabar belleza de animales de raza porcina que campaban a sus anchas por aquellos predios, ejemplares sin duda de gran porte y trapío, y que a buen seguro, cuando les llegue su San Martín, serán exquisito bocado para quien pueda saborearlos.


Y quede, así mismo, constancia, de cómo cigüeñas en aquellas tierra han de ser sin duda peligrosa especie, sobre todo por azulejo que a continuación reproducimos y que pone de manifiesto cuán prevenido ha de ir el viandante en cierto sitio. 

15 julio, 2011

Tocado del ala.-

“Y luego, incontinente, caló el chapeo,
requirió la espada, miró al soslayo,
 fuese, y no hubo nada.”

Al Túmulo de Felipe II (Miguel de Cervantes)



    

     En calendas como estas, en las que el astro rey castiga con dureza las empedradas calles de la ciudad, es menester precaverse de sus rayos malignos y por ello no pocos hispalenses recurren a tocados y sombreros de la más diversa condición.


     Tuvieron gorreros y sombrereros gremio no poca preponderancia, con muchas tiendas abiertas al cargo de maestros y oficiales, las más, me dicen, en la calle Génova y prueba de su prosperidad fue que con motivo de la entrada en Hispalis de cierto Monarca lanzaron a su paso sombreros para la plebe, siendo motivo de alegría tan generosa dádiva cuando no de públicos desmanes. Concurrían con cera y pendón a procesiones y fiestas de la Ciudad, más otras cosas de su instituto,  incluso me cuentan llegó a tener Cofradía en honor a Santiago el Mayor, Apóstol, devoto discípulo de Nuestro Señor Jesucristo que recibió el martirio, cercenada su testa por filo de espada.



     Recogiéronse, otrora, en las Ordenanzas de la Ciudad curiosas disposiciones sobre cómo habían de hacerse esos sombreros, rasos o frisados, y qué cantidad lana o fieltro emplearse debía, prohibiéndose uso de betún, goma, anaxil o engrudos, pues era notorio que debían hacerse sin costuras e con penas de hasta seiscientos maravedís.


    Bonetes, birretes, capelos, chambergos, gorros, chapeos, bicornios, tricornios, ros, quepis, kolbacs, morriones, con ancha ala o corta, numerosa era la variedad de tocados, siendo signo de distinción, de estado, de oficio y hasta de nobleza, no en balde signo de Grandeza de España era el permanecer tocado en presencia del Rey nuestro Señor. Item más, era ejemplo de galanura y cortesía el saludar a las damas con reverencia acompañada de revoleo donoso de sombrero.


     Como en todo, los tiempos mudan costumbres y trastocan comportamientos, y hemos apreciado como   mantiénese el uso de tocados aunque agora, empero, predominan los realizados a la manera de la colonia inglesa de América del Norte o como mucho, los ejecutados en palma o panamá; nada queda de aquella distinción, porte y elegancia, y menos aún de las elementales normas de cortesía y protocolo que habían de guardar quienes usaran tal prenda.



     Item más, escasos comercios restan abiertos del dicho gremio y arte de gorreros y  sombrereros, abundando regatonería en puestos y tenduchas donde, como decíamos, se venden extraños gorros ornados con galimatías diversos que no comprendemos, con colores y extravagantes, poco elegantes y aún menos apropiados para el protocolo y la urbanidad precisa.


     Por nuestra parte, hemos resuelto no renunciar a chambergo adornado con cintas y plumas, algo ajado por los siglos y necesitado de compostura en su ala, mas aunque, empero,  engorroso resulte su uso en estos días, no por ello traicionaremos usanza tan antigua.


    Post scriptum: con general sorpresa hemos visto que en la otra banda del Río situanse metálicas estructuras con toldos similares a los abrileños. Como es propio en nos, atravesaremos a aquella tierra que llaman “Guarda y collación de Sevilla” y haremos pertinentes pesquisas sobre dicho tenor…
                                                            

04 julio, 2011

Cauce


“Estaba Sevilla por estos años (1564) en el auge de su mayor opulencia: las Indias, cuyas riquezas conducían las Flotas cada año, la llenaban de tesoros, que atraían al comercio de todas naciones, y con él la abundancia de quanto en el orbe todo es estimable por arte y por naturaleza: crecían a este paso las rentas, aumentándose el valor de las posesiones, en que los propios de la ciudad recibieron grandísimas mejoras” (Diego Ortiz de Zúñiga, 1667)





          Rememorábamos no ha mucho las letras que anteceden (fue su autor buen amigo y compartimos con él placenteras pláticas) mientras deambulábamos plácidamente por la ribera del otrora Betis. Acudimos a los antiguos muelles cabe la Torre del Oro, allí establecidos desde el reinado de los Católicos Reyes, esperanzados en disfrutar de la contemplación en los dichos muelles de panoplia de galeones, galeras, carabelas, barcazas, bajeles, navíos y naves de la más diversa eslora, y con ellos populoso trajín de la gente del mar, marineros, pilotos, contramaestres, estibadores, calafates, y demás.




       Craso error, no en vano apreciamos en grado sumo el escaso calado de las aguas del río, su poca corriente y quedónos sensación de detenimiento, como si no hubiera vida en él. Inquiriendo a los viandantes, supimos, al fin, que costosa obra de ingeniería había cerrado su cauce para evitar riadas y venidas, y que por ello pocas embarcaciones navegaban agora en él. Sensación de abandono atenazó nuestro ánimo entristecido, movido como venía al disfrute del populoso puerto de Indias de antaño, trastocado agora en paupérrimo reflejo de lo que en su día fue.






        Ello no obstó para que viésemos curiosos navíos que transportaban tropel de gente, con animada música y festivo ambiente, de los que parescía haber danzas y cantos, mas no acertamos a comprender por qué tanto concurso de personas no llevaba impedimenta ni aparejos, ni vituallas ni bizcochos, ni agua ni carne salada suficientes como para cruzar océanos y alcanzar las Indias, antes bien, se nos antojó navío débil y desastrado mas maravillónos que movíase sin velamen ni jarcias y con rapidez desusada surcaba aguas. Item más, que su  pasaje parloteaba en lenguas allende nuestras fronteras, cosa que ignoramos cómo es consentida por nuestros Regidores, y que, para mayor abundamiento, parecía poco avezado a naúticas maniobras.



Gentil moza de amable semblante encareciónos a visitar dicha nave y nos ajustó precio para embarcar en ella, instándonos con donaire a subir a bordo, e introduciéndonos en mayor confusión al asegurarnos con franqueza que para aquella travesía no era menester equipaje ni bastimentos; resolvimos que, al carecer de carta para pasar a Indias y que no nos movía deseo alguno de pasar las penurias de travesía tan larga como penosa, no cruzaríamos la tabla, dejando paso a numeroso gentío.




Si aquella nave promovió en nos poco entusiasmo por hacernos a la mar, menos aún lo fueron otras que por carecer, adolecían hasta de puente, timón, borda o palos, y si la primera era maremagno atestado, esta segunda era tan exigua que como mucho permitía que uno, dos, cuatro y ocho individuos la usaran y todo ello valiéndose de remos cual galeotes condenados por el Rey nuestro señor. Cosa común en estos tiempos parece el uso de tales navíos en justas o competencias con el río como escenario y sumo esfuerzo supone el tripularlas, amén de que algunos destos, llamados canoas, son venidos de Indias, lo que nos sorprendió no poco.